Sudeste Asiático

 DIA 10  17-4-2009 BATTAMBANG
Phnom Sampeau, Wat Banan, Ek Phnom, orillas del Sangker. Celebraciones interminables en la Camboya más humilde.

A las 6:30 ya estábamos desayunando en los magníficos jardines de La Villa. Nos esperaba un largo día, ya que queríamos ver lo más interesante de los alrededores de Battambang. A las 7:00 estaba nuestro amigo Am Sath con su tuk tuk esperándonos en la puerta del hotel, por lo que salimos a buena hora. El primer destino era Phnom Sampeau, que está a unos 15 km al sur de Battambang. Pronto terminó la carretera asfaltada y entramos en un camino polvoriento, lleno de baches que resultó ser una autopista por la cantidad de vehículos que circulaban por ella. La mayoría de gente se desplaza en moto o en las cajas de carga de pequeños camiones. ¡Tragamos polvo hasta por las orejas, vaya paliza de camino! Por desgracia, es el que hace a diario cientos de personas para ir a trabajar o estudiar. Cuando llegamos a la entrada del templo, habíamos cambiado de color. El polvo rojo del camino nos tiñó el pelo y la ropa.

A pie de la subida al templo hay un poblado. Allí te ofrecen guías, comida, bebida. Le pedimos a nuestro conductor que se quedara con una pesada mochila cargada de material escolar y juguetes mientras veíamos el templo, pero sorprendentemente nos dijo que venía con nosotros, así que nos tocó cargar hasta la cima del monte con ella. No había policía turística, que es la que cobra la entrada, así que empezamos la tremenda e interminable subida de escalones. Eran las 8:30 y ya hacía mucho calor. No está muy señalizada la subida, así que no está de más darle algún dinero a alguno de los niños que se ofrecen a llevarte a los puntos de interés. Nuestro conductor-guía tampoco sabía muy bien el camino y preguntaba en cada bifurcación. La colina estaba llena de gente celebrando el nuevo año 4 días después. Nos dijeron que hay pueblos que lo celebran durante un mes. El primer lugar que visitamos fueron las Killing Caves, cuevas usadas por los Jemeres Rojos para asesinar a gente. Otra vez más se nos revolvió el cuerpo. Con su dificultoso inglés, casi incomprensible, Am Sath nos enseñó por dónde tiraban a los niños pequeños. Nos contó que los Jemeres Rojos preguntaban si te unías a ellos o preferías estudiar. El que elegía estudiar, lo traían a esta montaña, lo ponían al borde de una cueva vertical, con una caída de unos 30 metros, para partirle el cráneo de un golpe y que cayera en el interior. Se puede bajar al lugar dónde se acumulaban los cuerpos y las rocas tienen todavía el color de la sangre de las víctimas. También hay varios cráneos en una urna, junto a un santuario conmemorativo. No tenía límite la crueldad de los asesinos.Volviendo por el mismo sendero, se inicia otra subida al templo principal. Las vistas que tenemos a nuestra llegada hacen que haya merecido la pena el esfuerzo. El templo, que es muy bonito, era visitado por gente que iba para hacer ofrendas, rezar o simplemente de picnic. La altura de este monte sobre la llanura permite ver varios kilómetros los alrededores, llenos de áridos campos por ser la temporada seca. Tuvimos una vez más la suerte de dar con un monje curioso, deseoso de practicar inglés, de hablar con extranjeros… y de hacerse fotos con Diana. Sacó el tío su móvil para que le hiciera fotos con ella y no una ni dos. Eso sí, le decía a Diana que no se arrimara mucho que él podría tener problemas, estando además en un lugar sagrado. Después de la interesante charla con él, nos dio su e-mail, para que completáramos su colección de fotos con las que habíamos hecho con nuestra cámara. Al bajar, paramos junto a unos cañones abandonados por los vietnamitas en el asedio a Battambang para liberarla de los Jemeres Rojos. Cuando llegamos a la entrada, ya si había policía, que resultó ser hermano de nuestro conductor. Pagamos los 1,4€ por persona que vale la entrada, pero que es válida para visitar los demás templos que íbamos a ver.

El camino hacia el Wat Banan era igual de malo y polvoriento. Pasamos junto a un montón de chozas de madera, en las que jugaban niños o descansaban familias enteras. Paramos en varios sitios para entregar juguetes, estuches de lápices de colores, cuadernos, ante la alegría y el agradecimiento de quiénes los recibían. No queríamos parar y hacer una fiesta, únicamente dar lo que habíamos traído de España como una pequeña ayuda para alegrar el día a gente que no tiene casi nada, sobretodo a los maltratados niños camboyanos. En la mayoría de los sitios apenas paramos 20 segundos, en otros ni eso. Sí es verdad que mirábamos para atrás desde el tuk tuk y siempre veíamos los saltos de alegría que daban los niños, con lo que sabíamos al menos que un rato disfrutarían.En algo más de media hora llegamos al Wat Banan, muy concurrido también, pero casi sin extranjeros, como el resto de Battambang. El calor era asfixiante y la subida por la escalera de piedra fue un infierno. Cuando llegamos arriba nos faltaba el aire, a mí se me podía exprimir entero de lo sudado que iba, más bien embarrado ya. Se nos acercaron unas niñas a abanicarnos con unos cartones, lo que nos hizo recuperar un poco el aliento. Nos siguieron alrededor del templo, enseñándonos por dónde ir, ofreciéndose a llevarnos a unas cuevas, pero ya teníamos suficiente por esta mañana. Vimos el templo como adelanto a las visitas a Angkor, ya que es de la misma época y recuerda al Angkor Wat, pero es mucho más pequeño. Para que las niñas dejaran de seguirnos y abanicarnos, porque ya nos daba apuro la situación, les dimos algo de dinero, poco. Hicimos la bajada con las piernas temblorosas, hasta que nos subimos al tuk tuk.

El camino de vuelta, de unos 13 km, se hizo interminable, entre otras cosas porque no le funcionaba bien el motor a la moto y nos adelantaban hasta en bici. Tras una hora de camino y 2 kg más de polvo, llegamos sobre las 13:30 a La Villa, con más roña que el trapo de un taller de coches. Nos dimos un baño en la piscina del hotel antes de ir a comer y lavamos la ropa que traíamos. Comimos en el Smoking Pot, otro sitio recomendado pero bastante cutre. El camino de vuelta andando al hotel volvió a pasarnos factura, por el calor tan tremendo que hacía. En la puerta del hotel nos saludó un conductor de tuk tuk, como hacen todos, pero pensamos que no podía ser nuestro, ya que faltaban 40 minutos para la hora acordada. Nos pusimos el aire acondicionado a tope para poder dormir profundamente durante media hora. Diana no quería volver a salir, porque ya había tenido demasiado calor por ese día, pero la convencí y luego se alegró. Salimos a la puerta y efectivamente el conductor que nos había saludado era Am Sath. Se había afeitado y cambiado de camisa, por lo que nos pareció otro. Estaba bastante cabreado, pero le dijimos que la hora a la que habíamos quedado eran las 16:30. Parece que no nos entendió bien.

Salimos de camino a Ek Phnom, que está unos 13 km al norte de Battambang. A los pocos kilómetros empezamos a vivir la verdadera fiesta de fin de año camboyana. La carretera estaba como en esas etapas importantes del Tour de Francia, con gente agolpada a los laterales. A todo el que pasaba, que eran muchísimos, les tiraban globos de agua (pequeñas bolsitas anudadas con una gomilla) y polvos de talco. Es la tradición más festiva de las celebraciones (ya iban por el cuarto día). Aquello era espectacular, divertidísimo. Cientos de motos en los dos sentidos, camionetas cargadas de gente, todo el mundo en la calle para pasárselo bien. No vimos ni un extranjero y a nosotros nos pusieron hasta arriba de agua y polvos de talco. Tampoco nosotros éramos mancos, ya habíamos visto algún día de lo que iba el tema y traíamos globos para niños que llenamos en el hotel de agua. Eran 3 veces el tamaño de sus bolsitas. A un tío le di en la cabeza y nos estuvimos riendo un rato de la cara que puso. A varios que iban en el maletero de un coche con el capó levantado le estrellamos otro que retumbó en toda la carretera. ¡Vaya juergón, inolvidable!

Cuando llegamos al templo, lo encontramos atestado de gente, con música a todo volumen y bailando cual fiesta de la primavera española. Vimos el templo, que está bastante derruido, y la pagoda que está junto a él, pero pasamos más tiempo viendo al personal participar de la fiesta. Cada poco tiempo venían y nos ponían las caras blancas con polvos de talco. Para el camino de vuelta compramos bolsitas ya llenas de agua porque se nos había acabado la munición, pero no nos dejó apenas tirar Am Sath porque decía que le molestaba para conducir. Nos pusieron de nuevo hasta arriba de agua, pero además de moratones en las piernas, porque las bolsitas no las tiraban flojito precisamente.Al llegar al hotel, salimos a dar un paseo por la orilla este del río y fue de nuevo muy divertido escuchar a todos los niños con los que nos cruzábamos decir: “¡hellooo!” Algunos se acercaban y nos decían varias frases en inglés, era entretenidísimo simplemente estar sentados en los jardines entre todo el mundo. Sentimos a la gente muy cercana, contenta por ver turistas (había muy pocos). No olvidaremos Battambang, ni a sus monjes, ni a sus niños, ni sus templos…  

Aquí podéis ver las mejores fotos de Battambang 

 

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