Sudeste Asiático

 DIA 9  16-4-2009 PHNOM PENH-BATTAMBANG
Viaje en autobús, La Villa, varios templos. Conversaciones camboyanas. 

Desayunamos temprano (7:00) para ir en tuk tuk a coger el autobús a Battambang. La tarde anterior apalabramos con un conductor de tuk tuk que nos recogiera a las 7:30, pero no le debió interesar o estuvo hasta tarde de fiesta. En la calle siempre había alguno esperando, así que no fue mayor problema, previo pago de 3$, que nos llevara al autobús. El autobús efectivamente era vip, con asientos muy grandes y separados (3 por fila en vez de los 4 normales) como imaginamos, iba medio vacío, así que se presumía un viaje cómodo. Eso sí, el karaoke en los autobuses de Camboya es uno de los pasatiempos nacionales. Ponen vídeos musicales con las letras de las canciones (en caracteres khmer) y todo el mundo se queda hipnotizado o canta bajito. No tuvimos la “suerte”, pero tenemos entendido que hay viajes en los que canta todo el mundo durante todo el trayecto. En cambio, lo que se presumía un trayecto anodino de 5 horas, se convirtió en una de las experiencias más interesantes del viaje.

Nada más subirnos al vacío autobús, en el que apenas viajamos 10 personas con nuestras maletas y alguna moto, nos comenzó a hablar en buen inglés un chaval camboyano que se sentó justo detrás de nosotros. Éramos los únicos extranjeros, pero cuando además le dijimos que éramos españoles se puso muy contento. Él era representante de vinos en algunos restaurantes lujosos, así que empezó a nombrarnos marcas españolas que debido a nuestra ignorancia vinícola no conocíamos. Durante casi una hora hablamos con él, mientras su novia se sentó justo debajo de una tele para cantar. Nos contó que tenía 29 años, que ganaba unos 60€ al mes, que había podido estudiar inglés tras pagar caras matrículas en el instituto (unos 220€ al año). Decía que la enseñanza era prácticamente toda de pago y que había problemas para que la gente estudiara. Él vivía en una casa de alquiler que le costaba 35€ al mes por lo que se le hacía complicado llegar a fin de mes con lo básico. Se trata de un chaval que tiene un buen trabajo, que habla inglés y que se relaciona en hoteles de 5 estrellas con empresarios extranjeros, pero aún siendo un privilegiado en ese país lo pasa mal. Iba a Pousat a reunirse con su familia para celebrar el año nuevo. Le pedimos que nos escribiera nuestros nombres en khmer y nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico.

En la parte delantera del autobús viajaba un hombre de unos 60 años que no dejaba de mirarnos. Cuando le pareció oportuno, se vino con nosotros a charlar. Su primera pregunta fue la clásica sobre nuestra procedencia, pero la segunda fue el inicio de una interesantísima conversación. Nos preguntó si habíamos ido a Tuol Sleng y los Killing Fields. Diana siguió hablando con nuestro joven amigo y yo con este amable hombre. Mi curiosidad era extrema y su pregunta sobre la época trágica del país, abría un debate que no nos atrevíamos a plantear. Me contó muchas cosas de su vida, escribirlas ahora me hará recordarlas para siempre. Antes de llegar el Khmer Rouge al poder, él trabajaba en el ministerio de educación, en Phnom Penh. Cuando comenzaron las matanzas, él fue enviado a un pueblo a unos 80 km de la frontera con Vietnam. Allí trabajaba en los arrozales 10 horas diarias y dormía hacinado en una chabola con otros 10 hombres. No podía vestir otra ropa que no fuera negra, no podía salir del pueblo y temía que descubriesen que tenía amigos americanos porque significaría su muerte segura. Cuando en el año 1979 fueron liberados, él volvió de nuevo a trabajar para el gobierno. A principios de los años 80, él era el único funcionario de su ministerio que tenía bicicleta. Para los desplazamientos más largos disponía de un carro tirado por bueyes. El país había quedado arrasado. Por supuesto, durante los 4 años cruentos habían matado a algunos familiares y un amigo escritor que pasó por Tuol Sleng, le fueron arrancadas las uñas de los 10 dedos de las manos con tenazas, pero no llegó a morir porque se produjo la liberación de Phnom Penh. No pudo volver a escribir en su vida. En un momento de la conversación me dijo: “No sé si me vas a creer, pero yo he sido secretario del primer ministro. Viajo en autobús porque es muy caro ir en coche hasta Battambang”. No le di mucha importancia, pero sí comprendí que era político cuando me dijo que el 93% de los niños van a la escuela, que es gratuita, y me contestó con evasivas cuando le pregunté por qué nunca se ha juzgado a los responsables del genocidio. La conversación duró una hora y media, él me dio las gracias por visitar Camboya yo le agradecí su acercamiento.

A mitad de camino paramos una media hora, para que comiera el conductor del autobús. El hombre con el que había hablado durante el camino nos invitó a sentarnos en su mesa a comer con él y su mujer, pero a las 10 de la mañana todavía no nos apetecía arroz. Al poco tiempo de reanudar el viaje se bajaron nuestros 2 amigos, por lo que el resto del viaje lo pasamos comentando lo que habíamos hablado con ellos. El trayecto duró menos de 5 horas, por una carretera en buen estado y sin incidencias.

Al llegar a Battambang, parecía un pueblo del viejo oeste, con nadie por la calle y un calor insoportable. Era la 1 de la tarde. Se ofrecieron a llevarnos al hotel en moto, pero nuestro equipaje siempre es muy grande y no era viable. Por fin encontramos un tuk tuk que por 3$ nos llevó a nuestro magnífico hotel: La Villa. Es una maravillosa casa que se construyó en 1930 y que durante su historia ha servido como hotel, como orfanato, como cuartel militar para los vietnamitas. Nos quedamos alucinados con lo bonita y auténtica que era. Por 46€ la habitación nos alojamos en este histórico lugar,  dónde, por cierto, estuvo la reina de España el año pasado.  Comimos en su restaurante, el mejor de la ciudad, por su comida y su salón. Una lasaña y un amok de pescado por unos 10€. Estábamos deseando ver los jardines y zambullirnos en la piscina, así que nada más terminar de comer cruzamos el patio dónde se desayuna para encontrarla. Hasta dentro del agua hacía calor si estabas al sol. Volvimos a la amplia habitación para refugiarnos con el aire acondicionado y verla con detenimiento. La puerta de entrada es de una forma imposible, curvada, los detalles de la habitación son objetos históricos, como si durmieras en un museo, con una cama con mosquitera grande y cómoda. Los encargados son 2 franceses muy amables y atentos, que te ayudan en lo que necesites.

Battambang es muy pequeño y se recorre andando en pocas horas. La primera parada la hicimos en la pagoda que está junto al hotel, Wat Kandal, que a esa hora se disponía a celebrar una pequeña ceremonia con varias familias. Nos invitaron a sentarnos, pero como no había sillas suficientes les dijimos que no. Los niños nos miraban y nos saludaban por todos lados, los adultos nos miraban complacientes como si se alegraran de ver turistas admirando sus costumbres. Empezamos a notar que aquello era más acogedor que Phnom Penh. Nos llamó mucho la atención que un hombre al que le faltaban las dos manos era el que cargaba cubos de agua, movía las sillas, llevaba recipientes de un lado para otro mientras el resto, incluido los monjes apenas colaboraban. Cruzamos el río al lado oeste de la ciudad, que es dónde se encuentra la mayor parte de comercios, mercados y hoteles. La calle que está a orillas del río tiene casas de la época colonial francesa y tiene un agradable paseo. El mercado central Psah Nath estaba prácticamente cerrado por el año nuevo, así que pasamos de lago y entramos en otro templo, Wat Peapahd. Como aquella zona no estaba muy animada y veíamos que en la otra orilla se acumulaba gente para seguir las celebraciones del nuevo año, hicimos el camino de vuelta pasando por el nuevo puente de hierro de la zona sur. Visitamos 2 templos más, el Wat Tahn Rai Saw y el Wat Sangker, de mismo nombre que el río de la ciudad. En este último celebraban una pequeña fiesta para niños, con piñatas de cerámica incluida. Se nos acercó un monje a practicar inglés y a preguntarnos cosas, lo cual agradecimos enormemente. Tras algo más de 15 minutos de conversación, nos dio las gracias por la visita, nosotros también le agradecimos su acercamiento. 

Anocheció y volvimos de nuevo andando a la orilla oeste para cenar. Lo hicimos en el White Rose, un restaurante para locales y extranjeros con mucha variedad, pero muy sucio. Comimos unos noodles y un sándwich por unos 6€. No nos gustó mucho el sitio, a pesar de ser de los recomendados. Hablamos un rato con una inglesa que trabaja en un hotel en Siem Reap y nos contó cosas de la vida en Camboya. De vuelta al hotel, le preguntamos a un conductor de tuk tuk la tarifa para hacer un recorrido de templos de los alrededores y acordamos 12€ para todo el día. El día había sido de lo más especial, con tantas posibilidades de relacionarnos con tanta gente y tener opiniones del país desde tantos puntos de vista.

Aquí podéis ver las mejores fotos de Battambang  

 

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