Polinesia Francesa

DIA 8  30-5-2007 BORA BORA 
Buceo, snorkel en Punta Matira, tarde en Thalasso. Encerrona con tiburones.  

Desayunamos a orillas del mar, con calor a primera hora de la mañana. Dejamos hechas las maletas para que a mitad de la mañana nos las cambiaran al overwater que teníamos reservado para el último día. Realmente hicimos bien en ahorrarnos el dinero que vale cada noche en un overwater, porque pasábamos el día de un sitio a otro. Dejamos para el último día el mayor lujo del viaje, pero sufrimos un poco por no estar todo el día en él.

 

Habíamos reservado por teléfono un par de inmersiones con un club de buceo. Preguntamos por el tipo de inmersión, diciendo que no queríamos nada movido, sólo una zona con mucho coral. Nos dijeron que pasarían a recogernos a las 8:00 por el hotel y así lo hicieron. En el club de buceo hicimos los trámites para la inmersión y nos montamos en el barco. En el briefing nos dijeron que podríamos ver algún tiburón limón, pero nada más que nos hiciera temer lo que nos íbamos a encontrar. Descendimos sin problemas de compensación, a más profundidad de la que nos gusta bucear (unos 20 metros) y vimos que no era muy espectacular el fondo ni había demasiados peces. Al momento, un susto tremendo, un tiburón de unos 3 metros se acercaba a nosotros. Nos agarramos fuerte de la mano, como solemos hacer habitualmente para no tener que vigilarnos. De pronto, otro tiburón, que además nos seguía no pasaba sin más. Así hasta 9. En ese momento pasó de todo por nuestra cabeza, sobre todo palabrotas, pero a pesar del miedo tremendo, la pequeña parte de razonamiento que nos quedaba nos hacía pensar que aquello era normal y que pasaba todos los días sin que se comieran a los buceadores. Poco tardamos en ver que el cámara, llevaba un bolsa de pescado crudo metida en una bolsa junto a su barriga. Otra vez más el famoso “shark feeding” de Polinesia Francesa. La inmersión fue de 45 minutos y en todo momento estuvimos rodeados por tiburones de casi 3 metros, que pasaban tan cerca que incluso alguna vez los tocábamos con las aletas. En algún momento los tiburones no nos dejaban ver al que llevaba la comida, porque daban vueltas a su alrededor sin parar. Lo que más nos impresionó fue ver cómo un tiburón abría la boca para comer algún trozo de pescado, justo enfrente de nosotros a muy pocos metros. Realmente lo pasamos mal, porque no era lo que queríamos ni para lo que estábamos preparados. Pero no dejamos de reconocer, que una vez que salimos vivos del agua, habíamos presenciado un espectáculo marino increíble. Las manos nos dolían de lo apretadas que las llevábamos.  Al salir del agua ya mostramos nuestro disgusto, pero al ver que todos los demás, la mayoría japoneses casi aplaudían, preferimos hablar más tarde con los monitores.

 

En el club de buceo, les dijimos que no entendíamos por qué nos habían llevado a esa inmersión. Algo se hicieron los locos, pero nos pidieron disculpas. Nos dijeron que la segunda inmersión sería en el sitio que queríamos, pero ya no nos fiábamos y por otro lado, no queríamos gastar más dinero ni perder más tiempo con la espera entre inmersiones. Pagamos los 80€ y nos llevaron al hotel.

 

Habíamos leído que cerca del hotel Bora Bora se podía hacer buen snorkel, por lo que cogimos nuestro equipamiento de snorkel para ir andando hacia allí. Hacía bastante calor, el camino era corto, pero nos costó hacerlo. Llegamos a una playa pública cercana al hotel Bora Bora, dejamos una mochila con nuestras cosas escondida tras una roca y nos metimos en el agua. No estaba tan bien el coral como esperábamos, tampoco vimos muchos peces. Además el agua estaba un poco movida, por lo que no estaba tan transparente como en otras playas. Lo más interesante fue una tortuga que vio Diana.

 

Recogimos nuestras cosas, iniciamos el camino de vuelta a nuestro hotel y a los pocos metros volvimos a encontrarnos con nuestros amigos. Habíamos quedado en vernos a mediodía por el Le Moana, pero llegaron antes para dar una vuelta. Fuimos a ver el overwater acompañados por Yuko y Silvia. Era una maravilla, un lujo, un sueño. Tenía la famosa mesita con la tapa de cristal desde la que se ven los peces y el agua del mar. Nos estuvimos bañando durante un rato en el mar, como si estuviéramos en nuestra casa de toda la vida. Nos apetecía más estar en compañía, compartir aquellos momentos con alguien. Nos hicimos vídeos brindando con champán en el agua, debajo de nuestro overwater.

 

Llegó la hora de comer y decidimos ir a un chiringuito local cercano, a orillas del mar. Tomamos unas hamburguesas y sándwiches, baratos para los precios que tienen en los hoteles. El chiringuito no estaba demasiado limpio, pero nos quitó el hambre por poco dinero.

 

Volvimos al hotel, nuestros amigos se despidieron hasta la cena y nosotros pasamos lo que quedaba de tarde en nuestro overwater. Bajábamos para vernos por la mesilla transparente, le echábamos pan a los peces, nos hacíamos fotos, saltábamos al agua desde nuestra plataforma. Hay sueños en la vida que no se sabe si se podrán cumplir y éste era uno de ellos. Qué rápido pasaban las horas, casi no nos quedaba tiempo para abandonar el paraíso.

 

Vimos el atardecer desde nuestra habitación, nos duchamos y cogimos el barco para ir a cenar con nuestros amigos al Thalasso. Era la despedida, la última cena juntos. Recordamos los buenos momentos del viaje y quedamos en mantener el contacto en España. Habíamos vivido muchas sensaciones juntos y compartido mucho de la luna de miel. Habíamos tenido mucha suerte por tenerlos allí. La cena estaba exquisita, los postres aún más. Aún no era la despedida definitiva, ya que al día siguiente nos íbamos tarde. Cruzamos la laguna en la barca, tocaba noche en el overwater, con luna llena, luna de miel… Algo dormimos.

 

Deja un comentario