Polinesia Francesa

DIA 6  28-5-2007 MOOREA-BORA BORA 
Playa del Intercontinental Moorea, vuelo a Bora Bora, playa del Intercontinental Le Moana. Cómo aprovechar todos los días en Polinesia.

Nos levantamos temprano el último día en Moorea, para estar un poco en la playa del hotel antes de coger el vuelo a Bora Bora. Desayunamos tan bien como siempre y comprobamos en la carta que los 25€ que cobran al reservar el hotel son un poco exagerados. Se puede desayunar por mucho menos a la carta. Había partes del hotel que no habíamos visto aún, así que dimos una vuelta por el recinto de las tortugas y la zona de los overwater.

 

Disfrutamos de la playa para nosotros solos durante un par de horas. Para poder tumbarse al sol hay que meter la tumbona en el agua. Así lo hizo Diana, mientras yo hacía snorkel por la laguna. El agua no se movía, estaba como una piscina, transparente, caliente. Llegué hasta el recinto de los delfines que hay en el hotel y sentí mucha pena cuando encontré un delfín, tras una valla subacuática que me miraba muy de cerca. Es una crueldad lo que hacen en este hotel con los delfines. Un recinto con 1 metro de profundidad, muy pequeño alberga a varios delfines que utilizan como negocio para el baño de turistas. En la hoja de opiniones del hotel indicamos nuestro enfado por esto.

 

Hicimos el check out, pagamos la cuenta de lo que habíamos consumido durante esos días y vinieron a recogernos para llevarnos al aeropuerto. El aeropuerto es como un salón grande, con un patio para que aterricen avionetas. Casi nunca coinciden más de 30 personas en las instalaciones. Subimos en nuestro avión de hélices, para hacer un vuelo de algo más de una hora. Las vistas son impresionantes al llegar a Bora Bora, desde el lado izquierdo del avión se va divisando toda la isla y se pueden reconocer los hoteles. Al aterrizar no se ve la pista, parece que se va en un hidroavión. Te ponen de nuevo un collar de flores, preguntan quién va a cada hotel y te indican en qué barco subirte, para hacer el trayecto por mar por varios hoteles.

 

Nos recibieron en el embarcadero del Intercontinental Le Moana y nos llevaron a nuestra habitación rápidamente. Era un bungalow en primera línea de playa, precioso, lujoso y desde el que se veía el mar. Es más, desde la cama se podía ver el mar, por lo que los amaneceres eran increíbles. Nos pusimos el bañador porque aún quedaba tarde para aprovechar. Teníamos una playa de agua turquesa a pocos metros del bungalow, daban ganas de estar todo el día en el agua. Se veían los overwater, nuestro bungalows, la isla de Maupiti y las palmeras y montañas de Bora Bora. También nos bañamos en la piscina del hotel, otra instalación de lujo, prácticamente metida en la arena de la playa. A la vuelta al bungalow, encontramos una botella de champán en un cubo con hielo que nos tomamos en la terraza a orillas del mar. Éramos los reyes del lujo.

 

Nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores del hotel, pero antes de salir preguntamos en recepción por nuestros amigos, que estaban en el Thalasso. No estaban en la habitación, por lo que pensamos llamarlos más tarde o ir a buscarlos a la hora de la cena. Justo al salir del hotel, bajaban de un taxi para buscarnos ellos a nosotros. Vaya alegría que nos llevamos, nos dimos abrazos como si lleváramos años sin vernos y nos conociéramos de toda la vida. Nos hacía ilusión seguir compartiendo nuestro viaje con ellos. Dimos una vuelta para enseñarles nuestro hotel, también por los alrededores y quedamos en su hotel para cenar. Lo bueno de alojarse en un Intercontinental en Bora Bora es que puedes usar las instalaciones de ambos.

 

Tras ducharnos, nos dirigimos al muelle del hotel para coger el barco que cruza cada 20 minutos de un Intercontinental a otro. Un agradable paseo de 10 minutos en la noche polinesia, nos llevó al Thalasso. Allí encontramos a nuestros amigos y fuimos a cenar al restaurante del hotel. El buffet era impresionante: salmón, ostras, marisco de todo tipo, estaban incluidos en la media pensión (también es verdad que se pagaba un pastón por alojarse en esos hoteles). Nos pusimos hasta arriba y rematamos con un postre delicioso. Durante la cena actuaba un grupo de bailarines polinesios, ataviados con pareos, collares y cocos como única vestimenta. Pasamos una velada de lo más agradable y entretenida. De nuevo tomamos el barco para volver, ahora ya con algo más de fresco. Llegamos a la habitación, nos metimos en la cama, pero no podíamos dormir. La luna llena iluminaba el mar, se veía de un color verde claro muy bonito. Desde la cama contemplamos el mar durante un buen rato, no queríamos cerrar los ojos y perdérnoslo. El cansancio pudo por fin con nosotros.

 

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