Polinesia Francesa

DIA 5  27-5-2007 MOOREA 
Vuelta a Moorea en moto, parada en los principales hoteles, playas y atracciones. Posiblemente la isla más bonita del mundo.

Hoy teníamos día largo de excursión y aventura. Desayunamos tan bien como siempre y nos preparamos un picnic del buffet. Metimos en una mochila las aletas y gafas, la comida, cremas, toallas y salimos bien temprano para dar la vuelta a la isla. Nos subimos en nuestra moto, que estaba aparcada en la entrada del hotel, para recorrer todo lo que pudiéramos antes del anochecer.

 

La brisa en las zonas de sombra y vegetación era fresca, pero el sol achicharraba. Pasamos sin detenernos por las bahías de Cook y Opunohu, para llegar a nuestra primera parada: el Sheraton. Habíamos visto que su playa era de las más bonitas y mejores para hacer snorkel. Aparcamos la moto, pero al llegar a la puerta un vigilante de seguridad nos dijo que podíamos pasear por el hotel, consumir en el bar, pero que no podíamos bañarnos. Nos llevamos una pequeña desilusión, aún así dimos una vuelta para ver las instalaciones, los overwater, la playa, las piscinas. Vimos que nos habíamos equivocado, que este hotel era uno de los 2 mejores de Moorea.

 

De camino al Sofitel Ia Orana, paramos varias veces para hacernos fotos con los impresionantes paisajes. En una pequeña subida que había justo antes de llegar al hotel, las vistas de la playa nos dejaron impresionados. Al llegar al hotel, una gran pancarta decía que estaba cerrado por huelga de los trabajadores. Los trabajadores nativos pedían equiparación de sueldo con los trabajadores franceses del hotel. Menos mal que la playa en la que está el hotel era pública y pudimos acceder a través de un camino de tierra. Cuando llegamos, decenas de locales se bañaban y tomaban el sol en la playa. Sacamos nuestras toallas, nos tumbamos en la arena y contemplamos durante un rato la vida de un domingo de aquélla gente con sana envidia.  Sacamos nuestro equipamiento de snorkel para comprobar una vez más la transparencia del agua. En algunos sitios daba hasta mareo por la claridad y la sensación de volar. Disfrutamos un par de horas de la playa antes de subirnos de nuevo a nuestra moto.

 

Nos entró hambre, así que paramos en un supermercado a comprar bebidas frías y comimos los sándwiches que llevábamos a orillas del mar. Continuamos parando a ver todo lo que nos parecía interesante, hasta que llegamos a la villa de Haapiti. Allí encontramos a todo el pueblo saliendo de una ceremonia religiosa. Iban todos con collares de flores, vestidos de blanco y sonreían continuamente. Nos acercamos a la gente y preguntamos la dirección para ir a ver una cascada que había por la zona. El camino era bastante confuso, así que preguntamos varias veces a la poca gente que encontramos de camino a la montaña. Cada vez era más complicado que la moto continuara por el camino, aún así llegamos hasta dónde comenzaba la subida  a pie. No había ninguna señalización ni nadie a quien preguntar, así que decidimos andar por una senda a través de la vegetación. Tras 15 minutos subiendo, el camino se cerraba cada vez más, se perdía la zona pisada y la vegetación cortaba algunas desviaciones. Diana iba en chanclas y quería que nos volviéramos, ya que temía que no encontráramos el camino de vuelta. Yo subí un poco más, hasta que llegué a escuchar el sonido de la cascada. Bajé de nuevo hasta donde estaba ella, para continuar juntos. Aún así todavía nos quedaba un rato de subida complicada, sobre todo por los desvíos que encontrábamos continuamente. Cuando por fin llegamos a la cascada, nos quedamos boquiabiertos. Una caída de agua de más de 100 metros, de agua blanca sobre piedra negra, con mucha vegetación tapando el resto de la montaña, configuraban un paisaje de otro mundo. Una vez más teníamos para nosotros solos uno de los lugares más bellos del mundo. Daban ganas de llorar, sobre todo por tener tan poco tiempo para disfrutarlo. Hicimos varias fotos y vídeos, nos bañamos para refrescarnos, pero no tardamos en bajar, porque no quedaba mucho tiempo de luz y no estábamos muy seguros de acertar con el camino de vuelta. Con esa incertidumbre iniciamos la bajada, que ahora se volvía peligrosa por el terreno embarrado. Guiándonos casi por la intuición conseguimos llegar al lugar donde habíamos dejado la moto.

 

No nos quedaba mucho tiempo para parar en otros sitios porque se hacía de noche, así que fuimos directos al hotel. Dejamos la moto en el puestecillo en el que la alquilamos y fuimos a ducharnos. Al llegar a la habitación nos encontramos con una botella de champán. Se les había olvidado ponérnosla el primer día, pero nos venía bien porque habíamos pasado mucho calor durante el día.

 

Sin apenas tiempo para descansar vinieron a recogernos del restaurante en el que habíamos reservado para cenar. Estaba situado en la bahía de Opunohu y la cena se hacía junto al mar. Pedimos algo de pescado para cenar, riquísimo y carísimo. Mientras esperamos la cena, acudían rayas a una escalera que había entre el restaurante y el mar. Una vez más daban de comer a las rayas, pero esta vez de la mano. Bajé para probar esa sensación. Me pusieron pescado crudo en la palma de la mano y me dijeron como aguantarlo un poco para sentir a la raya deslizarse por mi mano y dar el bocado. Asustaba verlas venir, porque eran muy grandes y se peleaban por llegar antes a mi mano. Les dí un par de trozos, antes de nuestra cena. No estuvimos mucho tiempo en el restaurante, estábamos cansados. Al terminar de cenar nos llevaron al hotel. Caímos en redondo en la cama, dormimos con una sonrisa de felicidad.

 

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