Polinesia Francesa

DIA 3  25-05-2007 MOOREA 
Excursión por las montañas, tarde en  la playa del hotel, snorkel, pesca nocturna de tiburones. Esto es tan bonito como pensábamos.

Como en otros viajes, el primer día no hemos madrugado para recuperar un poco. Las 14 horas de sueño nos han dejado como nuevos, pero nos han dado mucha hambre. Hemos desayunado en la el restaurante del hotel (llevábamos contratada media pensión). Todo buenísimo y en mucha cantidad, de lo mejor la bollería francesa. Hemos llenado el depósito para un largo día. Nos hemos encontrado a nuestros amigos y nos hemos disculpado, contándoles lo que nos había pasado y preguntándoles si seguía en pie la invitación para esa noche. No se lo tomaron mal, así que ya teníamos plan para después de cenar.

 

La primera actividad que teníamos era la excursión de medio día por las montañas de Moorea. Nos recogieron en el hotel y junto con un par de parejas alemanas fuimos en una ranchera a explorar la isla. Cerca de nuestro hotel, ascendimos por un camino en muy mal estado por una montaña de tantas que hay en Moorea. Al llegar al mirador de la cima, nos dejaron algo de tiempo para contemplar las increíbles vistas. A nuestra izquierda, al fondo, se veían los overwater del Sofitel. Se podían apreciar los arrecifes, con el cambio de color del agua, que se volvía turquesa al llegar a la zona cercana a la isla. A nuestra derecha, teníamos la bahía de Opunohu, en la que entraba un crucero bien grande. Las nubes no dejaban ver la cima de las montañas, pero se podía apreciar la gran cantidad de vegetación que poblaban las laderas. La mezcla de colores, con la luminosidad del día era espectacular.

 

La segunda parada la hicimos entra las montañas, en una plantación de aves del paraíso y de rosas de cera. También había varios tipos más de grandes plantas con flores muy bonitas. Rodeados de las verdes montañas, algunas de ellas con picos de formas caprichosas nos girábamos 360º para contemplarlo todo y disfrutar del momento. Subimos de nuevo a la ranchera, para parar más adelante en una plantación de piñas. Las piñas de Polinesia Francesa están entre las mejores del mundo, también entre las más caras. Pudimos comprobar que recoger estos frutos es de los trabajos más duros, ya que las hojas que rodean las piñas son verdaderas sierras, que cortan sólo con rozarlas. La plantación se encontraba en el lecho de lo que antiguamente fue un volcán. Se podía apreciar cuando mirabas alrededor, como el volcán se había abierto.

 

De camino a un yacimiento de antiguos colonizadores, nos detuvimos en otra plantación más, una de vainilla. Según los locales, esta vainilla es la mejor del mundo. Observando el entorno tan natural, es normal que todos los productos vegetales sean de la más alta calidad. Cuando llegamos al yacimiento, el guía francés que nos acompañaba, nos contó la historia de la visita del capitán Cook y de cómo todo el que llegaba a estas islas no quería volver a Europa. La calidad de vida y la facilidad para obtener alimentos hacía que muchos de los que desembarcaban aquí jamás volvieran. Como curiosidad, vimos un árbol que se usaba para comunicarse, ya que al golpearlo con una piedra retumbaba.

 

Todavía nos quedaba algo por ver. El mirador de las 2 bahías es una ubicación perfecta para contemplar las bahías gemelas de Cook y Opunohu. No te cansas de ver sitios espectaculares, rodeados de naturaleza salvaje. Llegamos hasta la orilla de la bahía de Cook y entramos en una tienda de venta de souvenirs, como final de la excursión.

 

Al llegar al hotel nos dimos un baño para refrescarnos y comimos algo en el restaurante (sándwiches muy ricos). Esta vez no nos arriesgamos a dormir siesta y nos fuimos a la playa. Sacamos nuestras aletas y gafas para explorar la laguna de la zona de los overwater. Íbamos ilusionados a nuestra primera sesión de snorkel, pero sin muchas expectativas, por estar el lugar tan modificado. Recorrimos toda la zona de los overwater, solos porque no había nadie en la laguna y casi nadie en el hotel. No había ni mucho coral ni muchos peces, como esperábamos, pero daba para pasar ratos entretenidos. Ídolos moros, picassos, rayas, peces mariposas, peces trompeta se veían en cada sesión. Otro atractivo era contemplar las montañas desde el agua, con las orillas llenas de palmeras. Como llevamos la cámara subacuática, pudimos hacer fotos desde esta perspectiva, además de fotografiar el fondo marino de la laguna.

 

Cuando pasamos por los overwater, nos encontramos a nuestros amigos y se vinieron a hacer snorkel con nosotros. Pasamos una buena tarde acompañados, saliendo de vez en cuando del agua, pero pasando la mayor parte dentro de ella. Al bajar el sol, fuimos a la habitación para ducharnos antes de cenar. Cenamos muy bien en uno de los restaurantes del hotel, muy tranquilos. Llevábamos contratada la media pensión, como a mediodía picábamos algo, los desayunos y las cenas eran muy abundantes.

 

Había sido un día muy completo, pero nos quedaba una de las parte más divertidas del viaje. Fuimos al overwater de Yuko y Silvia, para charlar un rato después de cenar. Nos invitaron a chucherías japonesas, que habían comprado en su primera parte de luna de miel y nosotros llevamos cervezas que habíamos comprado en el súper, pero a lo que íbamos principalmente era a ver tiburones. Nos habían contado que la noche anterior vieron alguno desde la terraza, así que queríamos asistir al espectáculo. Nos sentamos en la terraza, casi a oscuras, a charlar en voz baja, pero pasó un rato y no vimos nada. Pensamos que si hubiéramos cogido algo de pescado de la cena para echar al agua podríamos atraer a algunos peces. Pensamos que el pescado crudo podría ser un buen cebo y sin pensárselo, Yuko fue a la cocina de un de los restaurantes a pedir un poco de atún crudo. No sabemos qué pensarían en el hotel de un español, japonés, que pide pescado crudo después de la cena. Ahora había que tirarlo al agua, pero lo veíamos un despilfarro. A Yuko se le ocurrió quitar una cuerda que rodeaba como adorno una lámpara de la mesilla de noche, para atar el trozo de atún. Como una caña de pescar, lo metimos en el agua desde la terraza y en pocos segundos apareció una raya. La pudimos ver perfectamente durante un rato, pero teniendo cuidado de que no se comiera el cebo, que no era para ella. En pocos minutos por fin apareció un tiburón. Tenía un buen tamaño, estábamos emocionados (aunque no hacíamos apenas ruido) por el éxito de la idea y por ver tan de cerca como el tiburón nadaba en círculo alrededor del cebo de pescado crudo. Cada vez se acercaba más, aunque nadaba muy despacio. Cuando intentó por primera vez morder el cebo, Yuko lo sacó del agua por centímetros. El tiburón lo intentó varias veces, pero de forma muy tranquila, por lo que siempre nos daba tiempo a sacar el atún del agua. Incluso una de las veces lo golpeamos con el atún en el morro. Tras jugar un rato, dejamos que se llevara el atún, pero con cuidado de que no se llevara la cuerda de la lámpara de la mesilla. Grabamos varios vídeos para recordar el momento.

 

Pasamos un par de horas juntos de tertulia. Estuvimos tan a gusto que decidimos pasar juntos el resto de los días, ya que en Bora Bora iban al Intercontinental Thalasso, al que se podía ir desde el Intercontinental Le Moana. Nos dimos las buenas noches y nos fuimos muy contentos a dormir a nuestra habitación.

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