Japón

DIA 5  14-10-2008 TOKIO    Tsukiji, Nikko. Cómo aprovechar un día en Japón.

A pesar del cansancio acumulado, decidimos que no nos podíamos perder la lonja de pescado más grande del mundo. Nos levantamos a las 4 de la madrugada, prácticamente sonámbulos, para ir a Tsukiji. Fuimos a la estación de Shinjuku dónde sorprendentemente había bastante gente esperando trenes. Cogimos el tren y llegamos a la lonja sobre las 5 de la mañana. Preguntamos un par de veces por las subastas de pescado, mientras recorríamos una infinidad de puestos con todo tipo de pescados vivos y congelados. Realmente te puedes perder en el recinto, es inmenso. Finalmente encontramos una de las naves en las que estaban los atunes congelados y numerados, preparados para ser subastados. Permiten a los turistas estar en una franja señalizada para presenciar las evoluciones de los personajes que por allí trabajan. Pudimos comprobar como desmenuzan parte del atún entre las manos para comprobar la calidad de las piezas durante casi una hora.

 

Poco a poco fueron entrando turistas occidentales en grupos organizados, suerte que algunos de ellos no los dejaban ni esperar a la subasta, se los llevaban corriendo. Cuando por fin empezó la venta del pescado, a las 6 de la mañana, fue como si empezara el espectáculo en un concierto. Voces, bailes, gestos, apuntes, todo se sucedía a velocidad de vértigo. Si te despistabas un poco te perdías algo digno de ver, por eso grabamos vídeos cortos con la cámara de fotos. Mereció la pena el madrugón.

 

Para salir de la lonja, de nuevo pasamos entre un montón de puestos, en los que hubiera estado bien pararse para contemplar cada especie de pez, pero no teníamos mucho tiempo. De hecho al salir de la lonja cogimos un taxi porque íbamos un poco despistados y no había muchos trenes a Nikko. Llegamos a buena hora a la estación de Omiya, desde la que teníamos previsto el trayecto en varios trenes hasta Nikko. Aprovechamos algunos ratos para dormir, pero tampoco pudimos hacerlo profundamente porque no se nos podían pasar las estaciones de los trasbordos. Además hay que estar atento a los nombres de las ciudades escrito en caracteres occidentales, porque en algunos sitios no es fácil encontrarlos o simplemente no existen.

 

Al llegar a Nikko ya eran las 9 de la mañana. Justo en la puerta de la estación de tren para un autobús que lleva a la zona de los templos. Nos bajamos en una parada anterior a la de los templos para pasar andando por una de las zonas más bonitas del pueblo. Es un puente, llamado Shinkyo, de color rojo intenso sobre un río de agua muy transparente, rodeado de un entorno de naturaleza que hacen que el lugar sea impresionante. Como era temprano, sólo coincidimos con un pequeño grupo de niños japoneses, la población infantil mundial que posiblemente más excursiones haga, ya que siempre encontramos grupos de escolares por todos lados.

 

Para visitar la zona de templos hay que pagar. Hay varios tipos de entrada, nosotros compramos la de la zona principal y la del jardín japonés. El jardín era muy pequeño, pero era uno de los más antiguos y cuidados de Japón. Pudimos ver las primeras hojas rojas del otoño y disfrutamos de un agradable paseo prácticamente solos. Al salir, vimos que quizás había sido una equivocación detenernos en el jardín, ya que poco a poco llegaban autobuses cargados de japoneses de todas las edades. El primer templo, el Rinnoji es un gran edificio de madera perfectamente conservado. Tras esta visita, ascendimos por un camino flanqueado por secuoyas gigantes hasta la zona de mayor concentración de atracciones. Templos, pagodas, puertas, estatuas. Se pueden pasar horas recorriendo el lugar, lleno de magia y naturaleza. Cada templo, pagoda o puerta tiene su historia y detalles. La puerta Niomon, la pagoda de 5 plantas de Toshogu, el templo de Toshogu, la capilla Futarasan, la estatua de los 3 monos, todo merece la pena verlo con detenimiento.

 

Durante la mañana recorrimos los templos, a veces rodeados de cientos de niños, otras veces rodeados de cientos de ancianos y algunas veces afortunadamente solos. Apenas había turistas occidentales, sólo grupos muy organizados de japoneses. A mediodía, nos acercamos a un supermercado para comprar algo para comer y almorzamos sentados en un banco junto a una parada de autobús. Queríamos coger el autobús que lleva al lago Chujenzi, para ver la cascada Kegon y pasear por allí. Puntualmente, como siempre, llegó el autobús y apenas nos dio tiempo a terminar la comida.

 

El trayecto hasta el lago cuesta algo más de 1000 yenes, se hace a través de unas carreteras de montaña muy estrechas, perfectamente asfaltadas y señalizadas. El paisaje es muy bonito, aunque debe ser impresionante más entrado el otoño con los colores rojizos de los arces. Tras casi una hora de camino, por fin llegamos al lago. Apenas había gente, todo estaba muy tranquilo. Lo primero que hicimos fue ponernos algo de abrigo porque se notaba que habíamos ascendido a la montaña. Nos acercamos al mirador de las Kegon Falls a contemplar la impresionante caída de agua. Las vistas desde el mirador son muy buenas, incluso da algo de vértigo situarse sobre las plataformas que sobresalen del terreno y quedan sobre el vacío. También son bonitas las vistas del valle, frondosamente poblado y con mucha variedad de colores en las hojas de los árboles.

 

Antes de comenzar el paseo por las orillas del lago, nos compramos unos helados, había salido algo más fuerte el sol y apetecía algo fresco. El lago tiene varios embarcaderos en los que se pueden alquilar barcas e hidropedales, pero preferimos dar un paseo a pie. Nos sorprendió la tranquilidad del lugar, nos imaginamos que en fechas más veraniegas estará más animado.

 

La paliza del madrugón, la mañana subiendo los montes de Nikko y la hora posterior a la comida nos tenían muy cansados. Habíamos visto que había un onsen a orillas de lago, por lo que decidimos darnos un capricho. Fuimos a preguntar precios y nos dijeron que 1000 yenes por persona en un onsen colectivo o 4000 los dos en uno privado. Elegimos el onsen privado y nos dirigimos hacia él. Al llegar, nos recibió la clásica señora haciendo las aspas con los brazos y diciendo “crose, crose”. Le dijimos que habíamos pagado en el hotel, porque pensaba que veníamos a preguntarle a ella. Es la extraña mezcla de amabilidad y timidez de los japoneses, que en ocasiones les hace ser muy bruscos.

 

Cuando por fin accedimos a nuestro onsen privado, comprobamos que habíamos acertado. Una cabaña de madera, con vistas al lago y una bañera de piedra llena de agua sulfurosa muy caliente nos harían olvidarnos del mundo durante una hora. Había abundante agua fría para beber y desde luego era necesaria. A la media hora de estar en remojo nos quedamos prácticamente dormidos, peligrosamente relajados, tanto, que yo me mareé al salir del baño. Me había bajado la tensión tanto que casi no me mantenía en pie. Bebí mucho agua y me di una ducha fría antes de vestirme. Cuando salimos del onsen íbamos más flotando que andando. Como nos quedaba una media hora hasta que saliera el siguiente autobús, fuimos de nuevo a ver la cascada.

 

Estábamos a casi 4 horas de nuestro apartamento, de las que más de 2 las pasamos durmiendo en autobús y trenes, con el consiguiente riesgo de pasarnos de parada. Realmente en los trenes bala se duerme muy bien porque los asientos son muy amplios y reclinables. Al llegar al apartamento, cenamos algo ligero y nos fuimos a dormir, después de 20 horas de excursión.

 

 

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