Japón

DIA 9  18-10-2008 OSAKA-OKAYAMA-HIMEJI-KOBE-OSAKA    Jardín de Okayama, Castillo de Himeji, puerto y ternera de Kobe. Lo mejor de 3 ciudades en un día gracias al tren bala y al Japan Rail Pass.

Nos esperaba un día largo, en el que teníamos planificadas muchas visitas. Desayunamos en el hotel temprano y antes de las 8 estábamos en la estación de Shin Osaka para coger el tren bala con destino a Okayama. Como siempre con el Rail Pass sólo tienes que enseñarlo al vigilante, que normalmente ni lo miran, para acceder al andén. Los horarios están por todos lados en los muchos marcadores luminosos que hay, por lo que es difícil perder un tren si llevas claro el itinerario. Eso sí, hay que fijarse dónde va cada tren porque muchos pasan por el mismo andén. Mientras esperamos el nuestro, vimos pasar varios, con un diseño aerodinámico, tipo pico de pato. Hasta la corta espera se hace entretenida. Normalmente siempre se encuentra a alguna elegante mujer con su kimono.

El trayecto hasta Okayama duró una hora y media, en un cómodo, amplio y moderno tren bala. Al llegar a la estación de Okayama, salimos a la calle para coger el tranvía número 1 con dirección al jardín. Recorrimos alguna calle a pie, pasamos por un puente sobre el gran río hasta que alcanzamos la puerta de acceso. La entrada es cara, ya que es uno de los 3 jardines más bonitos de Japón. Justo en la entrada hay una amplia colección de bonsáis. Está todo cuidadísimo, podado al milímetro y la extensión de terreno es bastante grande. Tiene varios estanques con carpas muy grandes, caminos de piedrecitas sueltas, amplias extensiones de césped que están prohibidas pisarlas y sobre todo muchos tipos de árboles podados caprichosamente. El día estaba muy bueno y volvimos a pasar calor, a pesar de ser la segunda quincena de octubre. El recorrido lo hicimos muy tranquilos, sólo veíamos a alguien cuando nos llamaban la atención por hacernos fotos en zonas a las que no se debía pasar. Se pueden encontrar algunas casas y santuarios de madera, en los que es posible refugiarse un poco del sol. Las mejores vistas se tienen desde una pequeña colina, situada en mitad del jardín, también allí hay sombra dónde cobijarse. La pena fue que aún los arces no tenían muchas hojas rojas porque el tiempo seguía siendo veraniego. Nos gustó mucho el pequeño bosque de bambú y algún estanque lleno de nenúfares.

En la parte final del recorrido tuvimos la suerte de encontrar un posado de modelos de novios. Llevaban vestimentas clásicas, en concreto la mujer llevaba un kimono muy florido e iba muy maquillada. Esperamos para verlos y hacerles unas fotos, con el jardín de fondo, pero una mujer, que debía ser la diseñadora o la costurera, estuvo más de 20 minutos arreglando algo del kimono que no podíamos apreciar. Cada vez que se retiraba 2 metros para ver cómo le quedaba e íbamos a hacer la foto, movía la cabeza y volvía a retocarlo. Nos aburrió a nosotros, al novio, a los fotógrafos, a la que sujetaba la sombrilla de la novia, a los operarios del jardín… Hicimos un par de fotos y nos fuimos.

Al salir del jardín pasamos por el castillo de Okayama. Es de color negro, con algunos remates en blanco. En Japón es conocido como el cuervo y es realmente muy bonito. Lo vimos sólo por fuera, recorriendo los alrededores y desde cerca, nos gustó mucho. Volvimos a coger el tranvía de vuelta a la estación de tren y entramos un momento en una de las cadenas de electrónica más grandes de Japón (Bic Camera) para comprar una tarjeta de memoria para la cámara de fotos. En la estación aprovechamos para comer y beber algo, suele haber de todo en ellas.

De Okayama a Himeji se tarde 30 minutos en tren bala, el tiempo justo para descansar un poco. Al llegar a la estación de Himeji, preguntamos por las bicicletas que dejan gratis a los turistas. Nos indicaron dónde recogerlas, en un garaje cercano y fuimos con ellas a lo largo de una gran avenida que lleva desde la estación hasta el castillo. Esta vez sí entramos a verlo, previo pago de 600 yenes por persona. Dentro del castillo realmente no hay mucho que ver, únicamente unas cuantas armaduras y las distintas plantas, cada vez más estrechas. Lo más interesante es la maqueta de la estructura. Al ser todo de madera, cruje constantemente con el paso de la gente. Es muy grande, cuesta recorrerlo y sobre todo ascenderlo. Las vistas son impresionantes, gracias a la tremenda altura que tiene. Cuando llegamos arriba del todo estábamos hechos polvo, hacía calor y al ser tan estrecho tropezabas de vez en cuando con la gente. Para bajar, hay que hacerlo con cuidado ya que las escaleras no son muy seguras y son muy empinadas. Una vez abajo volvimos a dar una vuelta, primero andando y posteriormente en bici. Todos los castillos merece la pena verlos rodeándolos, cada ángulo ofrece una perspectiva interesante.

Al salir del recinto entramos en un jardín que está justo al lado. Cerraban en media hora, pero decidimos entrar. No había nadie, sólo al final del recorrido encontramos unas señoras mayores y una pareja joven. A pesar de ser pequeño el jardín, tenía zonas muy bonitas, pequeños canales con pequeños puentes, algunos arces con hojas rojas, pinos perfectamente podados. Es todo un arte lo que hacen con las plantas, árboles, rocas y agua.

Pasamos a devolver la bici y decidimos que teníamos tiempo para ver algo de Kobe, aunque fuera de noche. En otros 30 minutos llegamos a Kobe y fuimos al puerto. Es muy posible que de noche sea más bonito que de día. Las torres iluminadas, una carpa parabólica transparente, un hotel en un edificio de forma caprichosa forman el panorama. Suele haber cruceros que atracan en el puerto que también dan colorido y luminosidad. En la zona comercial, en el mismo puerto, hay una infinidad de restaurantes, pero son muy caros y no ofrecen la famosa ternera de Kobe. Otra vez tuvimos que decidir qué hacer. Anduvimos un rato alejándonos del puerto, hasta que encontramos a 2 hombres, suizos, vestidos con traje, que iban también a la busca de algo: un cajero que entendieran. Les dijimos que en la zona del puerto había un centro comercial grande y que posiblemente allí encontrarían algo. Nos comentaron que estaban desesperados, que llevaban un buen rato dando vueltas y que no tenían dinero. Nosotros les preguntamos por algún restaurante para probar la ternera de Kobe y nos dijeron que el centro estaba lleno, así que hicimos un último esfuerzo y volvimos a coger el tren para bajarnos en el centro.

Llegamos a una zona de calles peatonales comerciales y pronto vimos carteles y pizarras con ofertas en inglés para probar la ternera de Kobe. Concretamente entramos en un bar, que ofrecía un menú para 2 personas y el precio iba subiendo según los gramos de ternera. Nosotros elegimos el de 150 gramos por 4000 yenes. Pensamos que nos quedaríamos con hambre, pero que al menos probaríamos la famosa carne. ¡Qué equivocados estábamos¡ Lo primero que nos encantó fue el bar, en el que toda la comida la hacían de cara a los clientes en unas planchas gigantes. En cada mesa había una pequeña plancha que mantenía caliente la comida. El menú no teníamos muy claro qué incluía, nos lo explicó una amable camarera y todo era comida que jamás habíamos probado. Trajeron varios platos, unos más ricos que otros y veíamos que nos llenábamos y la carne no venía. Por fin, nuestros 150 gramos de ternera de Kobe (que viéndolos troceados en la bandeja parecía bastante comida) llegaron a nuestra mesa. Los palillos nos temblaban, otro misterio que íbamos a resolver ¿cómo sabría la ternera de Kobe? Mmmmmm… Deliciosa, nos quedamos extasiados con el primer trozo. ¡Qué cosa más rica, se deshacía en la boca! Daba pena que se fuera tan rápido al estómago. Fuimos celebrando trozo a trozo, despacio, saboreando cada bocado. No solemos hacer turismo gastronómico, probamos la comida local en cada viaje y siempre nos cansa pronto. Hubiéramos cruzado Japón para probar la ternera de Kobe.

Tras deshacer la carne en nuestras bocas, llegó un postre inmenso que sólo pudimos probar. Era una especie de tortilla dulce caliente. Por 30€ al cambio, cenamos los 2 hasta hartarnos y comimos la deliciosa ternera de Kobe. El resto de comidas y cenas en restaurantes las hacíamos por unos 1000-1500 yenes por persona. Nos gustó tanto la comida y el sitio que pedimos a los jóvenes trabajadores del restaurante que se hicieran una foto con nosotros. Relamiéndonos fuimos de vuelta a enlazar trenes y metros hasta el hotel de Osaka. En media hora llegamos a la estación de Shin Osaka, de la que tuvimos que salir y andar unos 5 minutos hasta la estación de metro de Umeda. De camino pudimos ver el magnífico edificio Umeda Sky Building, todo un símbolo de la ciudad.

Por fin llegamos al hotel, destrozados tras un día aprovechado al máximo. Habíamos estado en 3 ciudades distintas, en varios lugares que son patrimonio de la humanidad. Todavía teníamos que preparar la maleta pequeña que llevaríamos a Koyasan y recoger el resto del equipaje. Esa noche soñamos con terneritos… a la brasa.

 

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