Indonesia

DIA 5  15-5-2008 JOGYAKARTA Kraton, batiks, palacio del agua. Desconcertados por Jogya y por la policía. 

A las 5 de la mañana se nos hizo imposible seguir durmiendo. Intentamos aprovechar un rato más en la cama para descansar, pero era imposible dormir. Os lo cuento: en Jogyakarta, ciudad de 4 millones de habitantes, no creo que haya más de 10 semáforos. Pues justo debajo de nuestra habitación había un cruce con uno de ellos. Abrimos las ventanas y vimos la parrilla de salida de Motocutrepé. A veces contábamos más de 50 motos paradas en el semáforo. Cuando se daba la salida (se ponía en verde el semáforo) el ruido era tremendo. Por otro lado, a esa hora era bien de día. Bajamos a desayunar a los magníficos jardines del hotel y pedimos que nos cambiaran la habitación. Sin problema, únicamente un poco de vergüenza al cargar con las perchas de una planta a otra por el ascensor. No íbamos a hacer otra vez las maletas (4 veces en 5 días). Salimos a la calle pero para este día no teníamos unas expectativas especiales. Queríamos conocer Jogja y sabíamos que tampoco tenía especiales atractivos. Nuestros primeros pasos ya nos presagiaron el calor que íbamos a pasar. En la calle del hotel había varios badulaques y restaurantes para comprar Bintangs fresquitas (cerveza local). Al tercer día, ni las tenía que pedir, cuando nos veían llegar sonreían y traían mi Bintang bien fría. También había varios dentistas que nos hacían sudar cuando se escuchaban sus herramientas en funcionamiento. Llegamos a la calle principal, Malioboro, que estaba a unos 100 metros del hotel, animadísima, con todo lo necesario para viajeros y gente del lugar. Puestos callejeros, mercados, centros comerciales y muchas, muchas motos por todos lados. Nos dirigimos andando a nuestro primer destino, el Kratón. Parecía que estaba cerrado, no había nadie cerca de las taquillas y se nos acercó nuestro primer amigo a ofrecerse de guía por el palacio. Nos dijeron que era obligatorio y como quería 30.000 rupias (2€) por la visita, pues accedimos. Después de dar una vuelta y de no ver casi nada, nos contó que el palacio estaba cerrado y que sólo se podían visitar algunas zonas de muy poco interés. Nos habló sobre la historia de los sultanes y del palacio y nos invitó a asistir a la escuela de marionetas que tenía por las tardes, pero encontramos un plan mejor.            

A la salida del Kratón, cogimos nuestra primera bekac (bici con carro delante). Por 5000 Rp (0,3 €) nos llevó a la zona de las tiendas de batiks. Con lo que sudó con mis 90 kg + x de mi señora le supo a poco el dinero seguro. Apenas cabíamos y pasamos algo de miedo, pero pronto se metió por calles sin tráfico y pudimos disfrutar algo del paseo. La tienda de batiks estaba muy bien, aunque había por el lugar una cierta lucha por aparentar qué tienda era la auténtica dónde trabajaban los más desfavorecidos. Técnicas de marketing no muy loables, pero siempre uno tiene la última palabra para decidir dónde comprar. Nos enseñaron cómo se fabricaban los artesanales y nos pasaron a la sala de ventas. Todo muy local y auténtico, pero después de explicarnos las diferencias entre los hechos a mano y los hechos en fábricas no supimos qué comprar. Escogimos 3 de tamaño pequeño que más nos gustaron e inauguramos las compras de regalos.  Estábamos al lado de Malioboro Street así que fuimos andando hasta allí. De camino había varias agencias de viaje y aprovechamos para contratar las excursiones a Borobudur y Prambanan de los 2 días siguientes.  Al llegar a Malioboro probamos otro medio de transporte para ir al castillo del agua: el cidomo (coche de caballos). El buen hombre nos dijo que 30.000 Rp (2€) por llevarnos al castillo de agua, que estaba a unos diez minutos de trote de allí. Cuando llegamos a una esquina dónde una vez más no había nadie, nos dijo que allí era. Nos pusimos algo nerviosos, porque estábamos en medio de ningún lado rodeados de calles desconocidas. Pensamos preguntar por la zona y al ir a pagar el hombre nos dijo que eran 3.000 Rp (0,2€) y no teníamos más que 50.000 así que intentamos cambiar, pero como no había nada por allí, el hombre dijo que nos esperaba a la salida del palacio para la vuelta. Jamás lo vimos y eso que lo buscamos cada vez que pasamos por la zona de los cidomos. Qué honradez, nos dio bastante pena, lo que nos pedía no daba ni para la paja del caballo. Al empezar a preguntar, otro amigo se nos pegó literalmente para hacer de guía voluntario. Aunque desconfiamos y no le hacíamos mucho caso, nos dimos cuenta que era imprescindible para andar por las callejuelas y encontrar el castillo. Poco a poco fuimos cogiendo confianza y el hombre volvió a ser de los más servicial y honrado. De hecho no nos pidió nada cuando nos despedimos, pero por supuesto le dimos algún dinero. Hasta se perdió 5 minutos par ir a su casa y traerme monedas antiguas al verme preguntar en una tienda por ellas. Nos enseñó toda la zona. Primero, el castillo antiguo destrozado por uno de los habituales terremotos, que nos hizo plantearnos largarnos de allí porque pensábamos que al final en Jogyakarta capital no había nada.  La vista del volcán Merapi humeante desde las ruinas del castillo nos animó bastante y por fin la entrada al palacio del agua nos alegró el día. Esa visita hizo que mereciera la pena haber reservado un día para Jogyakarta. El agua de los estanques tenía un verde muy intenso. Había alumnos de una escuela de arte pintando en sus cuadernos partes del maravilloso edificio. Nuestro amigo  nos lo enseñó completo y nos preguntó que qué queríamos hacer. Nos llevó a unas casas que estaban junto al palacio a ver marionetas de cuero taladrado. Muy bonitas y muy caras. Le agradecimos mucho su ayuda y le dimos una buena propina.                    

Había visto a la ida el Banco de Indonesia, un edificio muy bonito y cuidado. Como en cada viaje, para incrementar mi gran colección de monedas paso por algún banco para pedir monedas no circuladas. Normalmente nunca las consigo. Aquí además pasamos un mal rato. Entramos al bonito edificio del banco y estaba lleno de policías ociosos. Rápidamente nos preguntaron que qué queríamos y al decírselo ya tenía entretenimiento todo el personal que andaba por allí dentro aburrido. Nos sentaron en un sofá a esperar y empezaron a acumularse policías alrededor. No nos sentíamos cómodos, pero no era momento de largarse, ya que uno de los policías trajo varias cajas de monedas nuevas que parecían de su colección. Me dijo que cuáles y cuantas quería y yo dije que muchas. Al cambio, me podía traer 1000 monedas por 5 euros. Cuando empecé seleccionarlas apareció otro hombre que parecía el director y puso precio a cada moneda. Qué sudores me entraron, ni el aire acondicionado tan potente me los disimularon. No eran caras, pero sí pretendían darme monedas en un banco por 50 veces su valor. Cogí 10 ó 12 por 30000 Rp (2€) y salimos por patas de la encerrona. Ellos se reían y decían: “también tenemos billetes antiguos”. Terima kahsi, pero no, como siempre la policía lo peor del país.    Era tarde y no habíamos comido, así que entramos un centro comercial grande de Malioboro a comer al fresquito. Nos quedamos sorprendidos por lo grande, moderno y limpio del sitio. Comimos una pizza y comentamos las aventuras del día. Cada vez que veíamos un policía, mirábamos para otro lado, pero no me pude resistir a hacerles una foto a 2 que jugaban en las canastas de baloncesto electrónicas en el centro comercial.         

De vuelta al hotel por Malioboro paramos a cambiar dinero en una de las muchas oficinas de cambio. El cambio era muy bueno, lo que nos obligaba a recontar bien el dinero. En general, no tuvimos ningún problema en todo el país con los cambios aunque a veces variaba casi un 5% de un sitio a otro, siempre nos dieron el importe exacto. El personal de los puestos callejero parecía que ya había cogido confianza en sólo un día, al vernos pasar varias veces. Nos extrañaba un poco el escuchar siempre “we have clothes for men”, “look for a T-Shirt for men”. Nos lo decían continuamente y tampoco vimos nada de especial, hasta que ya uno un poco más lanzado me dijo “jelooooou, flowers are for wooooomen”. Se refería a la camiseta que llevaba puesta y que me compré en el viaje a Tailandia. En ese momento nos dimos cuenta que yo había sido el hazmerreír de Jogayakarta ese día. Nos reímos un rato más todavía de mí de camino al hotel. Bintang y a la cama.   

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