Indonesia

DIA 16  26-5-2008 GILI Buceo, snorkel. Podríamos vivir así siempre II. 

El hambre nos despertó temprano, ya que no cenamos la noche anterior. El suculento y abundante desayuno nos la calmó rápidamente. Volvimos a hacer el camino hacia el club de buceo por la sombra. Hoy nos acompañaba un monitor indonesio, bastante más amable y más interesado en nuestro disfrute. De nuevo hicimos una inmersión larga y tranquila en los preciosos fondos marinos de Gili. Este día fuimos mejor por la tranquilidad que te da el controlar la flotabilidad y la respiración con la práctica. La visibilidad era increíble. Esta vez decidimos volver al hotel en cidomo. Negociamos con uno por 2 euros y atravesamos los polvorientos caminos de la isla. Los cidomos son de lo más incómodo y pequeños, pero es lo que hay. Tienen su encanto. Al llegar al hotel, la maravillosa rutina, Diana a pintar y yo a hacer snorkel. Qué alegría de vacaciones. Pronto llegó la hora de comer y esta vez fuimos con nuestras amigas al hotel vecino. Más inglés, más ratos de interesante compañía. Sorprendentemente nos trajeron una carta de tapas, sí de tapas: tortilla de patatas, aceitunas y otras especialidades de la cocina mediterránea. Increíble, desde luego, en medio de ningún sitio, en una pequeña isla, tapas de la cocina española. Pedimos un poco de todo, incluida alguna especialidad local. Como aperitivo, Charlotte se tomó 2 gin-tonics. No tenía muchos planes de hacer snorkel esa tarde y sí de hacer meditación o siesta, también española. Fue barato, aunque no muy abundante. Por la tarde, Diana se quedó leyendo, pintando y charlando con Kathy. A mí me empezaron a salir branquias de pasar tantas horas en el agua. Ya conocía donde estaba el coral azul, por dónde se solía mover la langosta verde de las orejas amarillas, por dónde llegaban las tortugas… No me aburría ni un minuto, siempre había algún pez interesante que ver o que fotografiar. Con la marea baja, tuve que salir “marcha atrás” con las aletas puestas para no clavarme las pequeñas rocas y restos de coral muerto.            

Repetimos compañía para este atardecer, ese día hablamos más inglés que nunca. Pasada la primera vergüenza, nos soltamos bastante. No es lo mismo comunicarte con el inglés del pato lucas de los indonesios, que con nativas anglosajonas. Les contamos la anécdota del “pohrrr jandred” y les preguntamos que si nos entendían bien a nosotros, sobretodo a mí con mi inglés-andaluz. El caso es que pasamos horas charlando. Con el té de la tarde y algo más que picamos luego, no salimos a cenar. Preparamos el equipaje para aprovechar algo la mañana siguiente. Esta vez nos quedamos dormidos queriendo en la cama de la terraza, para disfrutar de nuestra última noche bajo las estrella. Tuvimos mucha suerte porque apenas vimos mosquitos, así que no había problema por dormir al aire libre. Cuando refrescaba nos tapábamos con los magníficos sarongs multiusos. Caímos dormidos en minutos. Podríamos vivir así siempre.    

 

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